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31 de Diciembre de 2099
Hace 200 años. Hace exactamente 200 años. En algún lugar no demasiado lejano a la ciudad, sobre un área campestre cerca de la cual pasa una autopista, existe un viejo molino de viento, o más bien lo que queda de él. La fachada norte está derrumbada en su práctica totalidad y nada hay que contar sobre su tejado o sus aspas, porque ya no existen. De su interior sólo ha sobrevivido el canalón por el que circulaba la harina y media parte de las escaleras que conducían al segundo piso. Nadie sabe con certeza cuando fue construido ese molino, pero mayor es la duda con respecto al porqué de su permanencia. Probablemente perdura debido al mismo motivo por el cual nadie se acerca siquiera a echar un vistazo a sus restos. La lúgubre imagen de lo que un día muy remoto fue un molino, es algo que incluso se evita con la mirada. Si alguien se topa con ese molino aunque sea por accidente, ni siquiera se plantea interrogantes acerca de su historia, si la tuvo. Sencillamente se acepta que allí hay unas ruinas que no ofrecen nada que contar, y se sigue caminando. Hace 200 años exactos… Aquella noche el molino no estaba solo. Gente se había instalado en su interior. Una chica de ojos verdes e inocentes, muy, muy joven, permanecía sentada sobre uno de los destartalados escalones. Desde esa posición elevada como se diría la de un altar, se dirigía a su atenta audiencia: cuatro jóvenes algo mayores que ella, absortos en la narración de su compañera. Solo una pequeña fogata en el centro de la estancia permitía apreciar la inquietud e intriga que se dibujaban en sus rostros. Sólo Dafne, como se llamaba la muchacha, se mantenía fría; adulta. Las circunstancias parecían tener menos fuerza que ella. Su voz auguraba la presencia de un secreto perturbador, quizá milenario, entre la historia que se disponía a contar. Hace 200 años hubo alguien más en este lugar. En este molino. Sabréis que por aquella época muchos creían todavía que la llegada del fin de siglo acabaría con el mundo. Se pensaba que el 1900 supondría el inicio del Apocalipsis. Una familia de burgueses, aferrados a esta creencia, compró este molino y el terreno que veis alrededor. Querían morir juntos. Bebieron, rieron, bailaron y cantaron convencidos de que aquella noche de Diciembre iba a ser la última. La hija mediana poseía una mirada esmeralda y un cabello de color caoba. Hizo encender una hoguera y ordenó a los presentes que se sentaran alrededor. Acto seguido, comenzó a contar la historia más tenebrosa que habían oído jamás. Todos quedaron fascinados por la voz de su joven narradora, una voz embriagadora y horrible al mismo tiempo, encantamiento y hechizo maléfico a la vez. Sus susurros se deslizaban hacia el interior de los oyentes y se acomodaban entre sus más desquiciantes pesadillas. Perdieron sus respiraciones, completamente atrapados en unas redes que parecían surgir de entre los labios de la muchacha. Escucharon atentamente, y cada vez más atentamente, haciendo preguntas ocasionales a su faérica narradora. - ¿Y sobre qué iba esa historia? Uno de los jóvenes, Miguel, que vestía muy bien al igual que sus compañeros, fue quien interrumpió a Dafne para hacer la pregunta. Más tarde tuvo que poner al frío como excusa de su temblor de voz. Algo relució fugazmente en la mirada de Dafne. Incluso pareció como si sonriera, y esa sonrisa cobró una apariencia fantasmal ante el juego de sombras y luces que proyectaba la fogata. Les contó. La historia de entre todas las historias. El cuento más grande que el ser humano tiene la capacidad de contar. Les contó la historia del Fin del Mundo. Pero algo sucedió mientras la muchacha hablaba. La intensidad de su narración sobrepasó su propia voz y absorbió a los oyentes, quienes empezaron a olvidar dónde estaban y porqué. Olvidaron su pasado, su presente y sus propios nombres. Nada había en sus interiores, acaso el eco de unas palabras demasiado espantosas- casi palpables- como para poder creer que eran ficción. Nadie creyó en la posibilidad de que se produjera un Apocalipsis, pero aquella noche todos lo vieron salir de la boca de una siniestra, poderosa, atrayente chiquilla. El silencio en el molino se había hecho tan denso que prácticamente se podía estirar un dedo y tocarlo. El Silencio. Se convirtió en un ser con identidad propia, un presente más escuchando la absorbente narración. Solo Dafne poseía la fuerza suficiente para imponerse a él. “En este lugar, soy Dios.” - ¿Y qué pasó después?- preguntó alguien. Las palabras sobrepasaron a la narradora y tomaron forma ante todos. Fue entonces cuando los presentes pudieron ver de cerca lo que nunca habían querido, ni podido, ni tal vez debido ver. El fin del mundo tal y lo conocían, la destrucción absoluta del universo en que vivían. Vieron civilizaciones, paisajes, personas, relaciones y conceptos, todo lo que el hombre había creado y todo lo que no, desaparecer tan rápidamente como había aparecido; todo se desvaneció en el acto, como si hubieran cumplido un plazo de tiempo que se les hubiera dado. Todo se hundió en la nada y dejó tras de sí un vacío, una aterradora y absoluta ausencia que sus mentes solo lograron interpretar como una negrura sin fin. Todo regresó al punto cero del que se supone proviene nuestro universo, a ese inconcebible momento previo al principio de los tiempos. Nada. Nada, al menos nada vivo, parecía quedar en el molino. La quietud de la atmósfera era insoportablemente sobrecogedora. No había palabras, ni respiraciones, ni siquiera pensamientos. - ¿Sabéis que pasó entonces? La nada, que seguía ahí presente, fue lo único que contestó a Dafne.
Mañana si tengo tiempo pondré la segunda parte, gracias por vuestro tiempo. ¡Espero leeros a todos pronto!
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