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La actitud de S.H. (Sonia) hacia mí está tan llena de gentileza y es tan magnánima que todo sentimiento de soledad por mi parte sería digno del último de los bárbaros y totalmente contrario a los principios del gusto que me obligan al reconocimiento más grande y más total. Nunca antes había sido objeto de una solicitud tan desinteresada; cada dispensa que me parece indispensable es acto seguido asumida por ella, lo mismo que acepta perfectamente el hecho de que yo necesite (como he observado, en función de las variaciones de mi estado psíquico) mucha tranquilidad y libertad –y eso, sean cuales sean mis ocupaciones y las interferencias que pueda causar con mis madrugadores horarios. Parecida devoción, tan tolerante con las difíciles condiciones –tal irresponsabilidad estética y tanta incompetencia–, sin un murmullo y contrariamente a lo que yo había esperado, conforma un fenómeno raro y tan cercano al carácter histórico de la santidad que cualquiera que posea un poco de sensibilidad no puede dejar se notar la necesidad de dar a cambio la misma admiración y afecto, y así fue desde el primer día de nuestra vida en común. (Cartas de HPL) |
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Estirpe y raigambre británicas hacen de este hombre un extranjero en su patria. Su adoración de anticuario por todo lo colonial que parece inmunizarle de todo lo vulgar y mercantilista.
El Recluso escribe en su guarida a la luz enfermiza de la luna y a la claridad lechosa de las velas. Busca modelos entre los clásicos ingleses y le recorre la nostalgia de un pasado arrinconado por el vértigo de la vida moderna, donde no caben filosofías rancias. Y así, su mente se desencadena hacia la fantasía desborada y la tierra se le hace pequeña, de la que salta hacia el cosmos insondable de su interior y el universo inabarcable de la soledad del mundo exterior. El Recluso |
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Algunas personas especiales y peculiares son como los árboles: Se alimentan de la tierra donde le dejaron como semilla para germinar buscando la luz siempre luciendo en el mismo cuadrado de cielo. Las raíces rizadas y profundas avanzan tierra adentro, tierra abajo: A espaldas de la luna turbia mellada por el menguante.
The Recluse |
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El único problema con Nueva Inglaterra es que se ha hecho vieja antes de haber alcanza-do la plena madurez. Sus bases eran magnificas: una tierra hermosamente boscosa, colinas, corrientes de agua, una costa armoniosamente recortada y una población compuesta por terratenientes asentados cuya vida sencilla y natural prometía sanas generaciones. Todo fue bien durante dos siglos —una vez superada la era cruel de los pioneros obsesionados por la religión—, y el siglo XVIII engendró un desarrolló rápido del gusto por la decoración al que ni siquiera la Revolución pudo perjudicar.
Fue la época de los latifundios y de los comerciantes, una era de refina-miento y tedio, de un gusto perfecto y de una vida sencilla. Durante todo el siglo XVIII, el grado de instrucción se elevó considerablemente hasta la Edad de Oro de Lowell, Holmes, Hawthorne, Emerson, Longfellow, Thoreau y sus discípulos; conocimos un conjunto de formas estéticas y literarias en todo punto dignas del desarrollo artístico del siglo precedente, un desarrollo que, dicho de pasada, acabaría por agostarse en todo el mundo en la decadencia del arte decorativo del siglo XIX. Durante este período magnífico –digamos entre 1850 y 1880, cuando los personajes más señalados del momento estaban en la flor de su talento–, la cultura en Nueva Inglaterra alcanzó un raro grado de importancia tanto en el plano convencional como en el de la sofisticación técnica, de modo que ningún bostoniano o habitante de Providence habría parecido un bufón o un pisaverde en Londres, Paris o Roma. Pero no había alcanzado la madurez filosófica de una civilización antigua y entremezclada. Sólo habla emprendido el camino. Lo que faltaba era la desilusión de la edad que conduce a la tolerancia, a la profundización –esa realización secreta, interior, que actúa más que cualquier cosa en el mundo para la salud de lo Bello, pues el fin último de la inteligencia humana es pensar lo Bello en términos de belleza y para el único privilegio de lo Bello. The Recluse |
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