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ISLA TURIN, 20 de abril de 3290 después de la Gran Guerra, Año Dos de la Segunda Derrota de Argoh
Con el alba, todos despertaron… incluida Xan Lei, que no había oído sonido alguno procedente de la pelea de la noche anterior y ciertamente había descansado mucho. La extraña muchacha se desperezó y miró a su alrededor. Entonces supuso que algo gordo había pasado sin que ella se enterase, pues le sorprendió ver a Fëadraug con la túnica bastante descuidada y con algunas partes chamuscadas. Respecto a los demás, se fijó en Delith ayudando a Xavier a levantarse. Xan se fijó en las heridas del joven, de bastante gravedad en algunos casos, si bien Xavier se mantenía en cierta manera estable. También observó a Sabrina un poco agotada, pero sonreía confiada para intentar ocultarlo… al menos Xan Lei era capaz de ver a través de su pequeño engaño. Xan se levantó y siguió observando curiosa a los demás, que estaban preparándose para partir. Se llevó la mano a la cabeza, como si algo le estuviese pinchando en la sien. Entonces notó que alguien le dio una palmada en la espalda. - ¡Eh, buenos días, bella durmiente! – exclamó la semielfa pelirroja con tono burlón -. Te perdiste la juerga de anoche, pero en fin, qué se le va a hacer… fue una pelea interesante, así que ajo y agua, chavala… Xan arqueó una ceja sin entender la actitud de aquella pelirroja. Sintió otra de aquellas punzadas mientras observaba a la semielfa. Por su mente pasaron imágenes de esa pelirroja; cuantas más imágenes trataba de ver en su mente, más intenso era el dolor. Tenía la sensación de haber conocido a esa semielfa de antes, pero no tenía ni idea de si eso era verdad o no. No recordaba absolutamente nada, excepto el encuentro con aquella mujer alta que le hablaba de la “cerradura”. ¿Tenía algo que ver con este grupo? ¿Debía seguirles? No tenía respuesta para la primera pregunta, pero sí para la segunda: aquellas personas podrían ayudarla en su cometido y, tal vez, conseguiría salir de aquella extraña isla de lagartos y orcos.
- Buenos días – Fëadraug saludó a Xan en cuanto ésta se acercó a ellos -. Me alegra ver que estás despierta. - Pues no sé si debería estar o no alegre – respondió ella al instante -. Otra vez estos dolores de cabeza me están fastidiando. El elfo se quedó observando a Xan Lei, que trataba de ignorar aquellos molestos dolores sin éxito. Ella siguió hacia delante sin prestar atención a los demás. Draug se acercó a ella, había algo que quería que hablaran. - Oye, Xan, respecto a la mujer que mencionaste ayer… - No me gusta acordarme de esta tía. Es más, apostaría a que ella es la razón de lo que me está pasando. Y la maldita dijo algo de una cerradura… ¿a qué demonios se refería la muy…? - Me temo que a quien se refiere con eso es a mí, Xan – respondió con sinceridad Draug. Xan se quedó perpleja al oír al elfo decir aquello. Pero más asombrada estaba al notar que aquellos dolores desaparecían tan repentinamente como habían aparecido. Xan miró a Fëadraug de arriba abajo, sin creerse del todo las palabras del druida. Iba a decir algo, pero la semielfa pelirroja les interrumpió: - ¡Venga, venga, que tenemos que salir de esta puñetera isla! Todos continuaron con la marcha, que se había ralentizado debido a Xavier, que aún seguía estando bastante débil. Pero no podían hacer nada por él en esos momentos, aún tenían que encontrar la manera de salir de Turin y reunirse con sus compañeros. Tal vez ellos estarían pensando en cómo localizarles y rescatarles, aunque Fëadraug prefirió que aún no estuviesen realmente pensando en buscarles. No quería que nadie sufriera por culpa de cualquiera de los seguidores del Ente.
Durante dos horas, lo único que hicieron fue andar y andar. Xavier trastabillaba cada dos por tres y Sabrina y Delith se turnaban para ayudarle. Fëadraug seguía tratando de hablar con Xan Lei, pero ésta había vuelto a sentir la terrible cefalea, lo que la ponía de mal humor y nada receptiva a la hora de hablar. Por su parte, la semielfa pelirroja pensaba en sus cosas, sin tener el más mínimo interés en los demás. Para ella, seguían siendo una panda de locos que se habían convertido en la única forma de dejar aquel lugar infestado de orcos y lagartos. Finalmente tuvieron que hacer un alto. Fëadraug y Sabrina examinaron las heridas de Xavier. Algunas de ellas se habían vuelto a abrir, las curas de la noche anterior habían servido de poco visto esto. No sólo hacía empeorar el estado del muchacho, sino que les retrasaría irremediablemente. Lacerta y, tal vez, Sikanda obtendrían una gran ventaja con esto… - No puedo… no puedo seguir… - las palabras salían de la boca de Xavier con bastante dificultad, mientras él se tumbaba en el suelo -. Mis ojos… todo es borroso… - ¡Aguanta, Xavier! ¡Sé fuerte! Pero los gritos de ánimo del druida no conseguían subir la moral del chico, que seguía quejándose de su dolor. Sabrina miró a Fëadraug, esperando conocer su opinión. Draug miró al suelo y puso una mano sobre él. Aún sentía una ligera punzada de las heridas del combate de la noche anterior, pero aguantaba el dolor como buenamente podía. Cerró los ojos por un instante y luego los abrió y miró a Sabrina. - No hay más remedio que curarle ahora – dijo el elfo -. Escucha: quiero que tú y Delith os llevéis a Akasha y a Xan lejos de aquí. La costa no está muy lejos, seguid el camino durante tres horas y la alcanzaréis. - ¡De eso ni hablar! – exclamó Sabrina, de forma que hasta Delith, Xan y la pelirroja la oyeron -. No pienso dejarte aquí, a merced de esa lagartona. No voy a dejar a nadie del grupo atrás, y menos a ti. - Sabrina… - ¡Ni Sabrina ni leches!, si tenemos que detenernos, nos detendremos todos. Además, ya lo dijo la semidiosa: nosotros hemos de protegerte del Ente y sus secuaces. Fëadraug iba a responder, pero simplemente se quedó mirando a Sabrina. Ella observó cómo una leve sonrisa aparecía en el rostro del elfo. Por unos instantes, y no supo el porqué, Sabrina creyó tener delante de ella a Faraguel, pero los ojos verdes de Fëadraug la devolvieron a la realidad. Draug miró a Delith, Xan y la pelirroja. La elfa asintió en señal de aprobación, ella tampoco se disponía a abandonarle. Xan Lei, por su parte, parecía indiferente. Se llevaba a veces la mano a la cabeza. Ella tampoco es que fuese a dejarles, quería saber qué relación tenía aquella mujer de cabellera celeste con el druida. La semielfa, en cambio, estaba muy molesta. Se había hecho a la idea de seguir andando y dejar a aquel elfo y al chico solos, todo con tal de salir de Turin. No quiso entender las razones de por qué debían quedarse, simplemente el hecho de no tener a mano a este grupo de personas que le ayudaría a salir de allí no le gustaba. Pensando en lo que podría encontrarse en la isla, haciendo memoria de lo poco que había visto, realmente si quería salir viva no debía ir ella sola por Turin. Ya tendría tiempo para ella misma una vez se marcharan de allí.
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