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217.11.110.48 |
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- Estaría bien que me presentases a los amigos que has hecho en este mundo, pero mira, pasaré de eso, porque quiero comprobar si aquí funciona el escudo de Adamina. Y como el orejotas no me ha dejado a la primera... tendré que volver a intentarlo – y con esto, Sikanda alzó la daga, cogiéndola por la punta, todavía con aquella sonrisa sádica.
La recién llegada no le daba ninguna buena vibración a la elfa, que la contemplaba con una mezcla de temor y respeto. La expresión de sus ojos, la forma de moverse, incluso su atuendo... toda ella hacía que Delith sintiese cómo un escalofrío recorría su espina dorsal. Pero su temor se convirtió en desconcierto cuando se fijó en Sabrina. La maga, habitualmente tan borde y tan ególatra, ahora se encontraba encogida, con el rostro desencajado por el pánico y con ya algunos regueros de sudor recorriendo su cara. Aquello la desconcertó... ¿qué clase de criatura podría aterrar tanto a una maga como aquella? Delith no lo sabía. Sólo sabía una cosa: tal vez Sabrina no fuera su mejor amiga, pero era su compañera. La maga los había estado ayudando pese a que aquél no era ni su mundo ni su guerra, y ya era hora de ir devolviéndole el favor. La elfa se adelantó entonces y se colocó justo enfrente de Sabrina, cimitarra alzada y expresión desafiante. - Atrévete a lanzar esa daga. Sikanda mostró una sonrisa confiada. Jugueteó un poco con la daga, intimidando a la elfa con su simple mirada. Delith se echó un poco hacia atrás y estaba muy pegada a Sabrina. Parecía que el miedo de Sabrina fuese contagioso, pero Delith trató de mantenerse firme, agarrando con fuerza la empuñadura de la cimitarra. Todos allí estaban confusos, sin saber qué hacer, mientras aquella mujer estaba jugando con ellos y con su paciencia. Sabrina estaba a punto de desplomarse sobre Delith de los nervios, Fëadraug sentía cómo el miedo comenzaba a recorrer su cuerpo. Incluso Garou estaba inquieto, algo muy raro en el licántropo. Sólo Xenirr parecía no preocuparse… o puede que no sólo ella estuviese más tranquila. -Vaya, vaya...una reunión de antiguos alumnos, ¿no? - dijo en tono despectivo la semielfa, mientras miraba inquisitivamente a Sikanda. La semielfa comenzó a andar lentamente hasta acercarse a Garou, luego miró al esto de los presentes y comenzó a reírse a carcajadas: - Tendríais que veros - la mujer intentaba contener la risa- En serio, esto es demasiado para mí. De tan patéticos que sois me dais hasta pena. La pelirroja dejó de hablar por unos instantes para coger aire, se recogió el pelo y siguió hablando: - Joder, si esto fuese una obra de teatro, tendría el peor guión que he visto en siglos, en serio... esto es tan predecible... tan triste que dan ganas de llorar. Dicho esto, comenzó a caminar mientras el resto, excepto Xenirr y Sikanda, la miraban confundidos. Aunque en el rostro de Garou se pudo vislumbrar una sonrisa, como si esperara una reacción así… pero también parecía decepcionado. ¿Quizá hubiese quedado mejor que él protagonizara la escena de poner en ridículo a todos y no la semielfa? - Bueno, que os vaya bien y si algún día decidís escribir un libro sobre esto ¡buscaos un negro! - dijo la semielfa mientras caminaba hacia los árboles más cercanos y desapareció entre ellos. Segundos de silencio pasaron, con la confusión reinando en el ambiente. Sikanda seguía sonriendo, como si no hubiese pasado nada. - ¿Por dónde nos habíamos quedado? – preguntó Sikanda con sorna -. Oh, ya… Y lanzó la daga, apuntando directamente hacia Delith, con intención de atravesarla para alcanzar a Sabrina, su auténtico objetivo. En el mismo instante que oyó el silbido de la daga cortando el aire, Garou notó que algo corría a su derecha e iba colocándose, más o menos, por detrás de él… y de Sikanda. El licántropo se imaginó que iba a pasar.
La daga volaba velozmente hacia Delith. La escena duró apenas dos segundos, pero para la elfa y, sobre todo, para Sabrina, había parecido toda una eternidad. Delith había movido rápidamente su cimitarra, de forma casi instintiva, pero no escuchó el sonido del choque de metales. Creyendo que había fallado, en su mente pudo ver escenas de su propia vida, desde su niñez hasta lo acontecido en los últimos días. Por desgracia, entre esas escenas estaban las que más habían marcado a la elfa, las más trágicas. Delith soltó la cimitarra y cayó de rodillas. Cerró los puños, tirando de la hierba que había bajo ellos, y la elfa trataba de reprimir las lágrimas.
- ¡¡Draaauggg…!!
El grito de Sabrina hizo que Delith alzara la vista. Entonces se dio cuenta de lo que había pasado. Y de que la maga estaba a salvo por el momento. Fëadraug estaba justo delante de ella, con la mano izquierda sobre su hombro derecho. Sacó un objeto del hombro y lo tiró al suelo. Delith observó el cuchillo curvo de Sikanda caer sobre la hierba, manchado con la sangre del druida. Fëadraug se mantenía en pie, sintiendo que la herida le dolía, le quemaba. Pero ahí estaba, resistiéndolo y desafiando a Sikanda con la mirada. Sabrina se movía lentamente, aún presa del miedo, intentando ver el estado de la herida del elfo. Pero el druida no se la dejaba ver.
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