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Bueno, aquí estoy de nuevo. Siento haber tardado tanto en enviar el texto que prometí, pero cuando estaba de humor (y mucha mala leche, como veréis), no me podía conectar a Internet, y cuando me conectaba a Internet, no me venía la chispa.
A raíz de una no tan reciente huelga de basureros en una ciudad andaluza, el espectáculo de sus calles tras varios días sin cumplir su función, he reflexionado, y me dije que aquí es el lugar idóneo para exponer mis conclusiones.
Aviso: no es una lectura de dos segundos, como hace mucho se mencionó por aquí. Así que, aquellos aficionados a textos breves, que pasen de largo (y también aquellos que no desean meterse en lecturas cenagosas ni espinosas).
Basura.
Estamos rodeados de ella, todo cuanto vemos, cuanto tocamos, cuanto atesoramos con cariño e ilusión, irá a parar ahí, sin distinción.
La civilización que nos ha tocado vivir es, de todas las pasadas y presentes, la que más basura produce. Superior incluso a la romana, con ese halo de decadencia con que se empeñan en recreárnosla en los medios de comunicación. Porque, a pesar de su poderío y su organización, la capacidad de rapiña y refinamiento de materias primas no eran ni de lejos como las actuales.
Es además algo que se trata siempre a distancia, algo intocable, pero que está ahí, formando la base de toda nuestra comunidad. Algo a lo que nadie se atreve a meter mano, porque teme llenársela de mierda, a no ser que le reporte un píngüe beneficio, eso sí, limpio... de impuestos. Como los muertos y las funerarias.
Basta con que una ínfima parte de un aparato cualquiera de uso cotidiano deje de funcionar, para que el aparato entero acabe en la basura, porque resulta más caro, más molesto y quedaría igual de feo el arreglarlo. Es mejor tirarlo y comprar otro, más bonito, limpio y de diseño más moderno... y libre de recuerdos.
He visto, en edificios recién estrenados, puertas nuevas tiradas, porque al dueño del piso no le gustaban. O porque el carpintero se equivocó en el pedido. O porque la puerta estaba un poquito rayada, y ha sido desechada sin el menor rubor ni remordimiento. O porque el color no era el que aparecía en el catálogo. O por otra cualquier estúpida causa.
He visto muebles al lado de contenedores en la calle a los que bastaría una mano de pintura para que volvieran a estar presentables y volver a cumplir con su función.
Si en la construcción de un edificio, se apilara al lado todo el material de desecho que ha generado, estoy seguro de que saldría otro edificio, igual de voluminoso y pesado, pero ya no tan bonito, ni flamante, ni seguro, ni limpio.
¿Y qué decir de la industria? Aquí enlazo con la anterior conclusión sobre la civilización romana: plásticos, papeles, metales, etc., no existían entonces, ni tenían medios de producirlos. Acidos, disolventes y escorias; restos de fundiciones, cenizas y material defectuoso; accesorios de un solo uso, o de destino marginal, tangencial o casual... La palma se la lleva los embalajes, tanto en la industria como en el ámbito doméstico: envolturas (cartones, maderas, plásticos, papeles, espumas...) y refuerzos varios (cantoneras, planchas metálicas, flejes, cintas y tiras adhesivas, cuerdas, corchos...). A veces es más caro el embalaje que el producto que contiene, y me gustaría saber cuándo es así: estoy seguro de que muchísimas más de las que sospecho.
Ahora, nos vemos rodeados de montañas de basura, cantidades ingentes de deshechos que nos limitamos a depositar en algún vertedero y que se entierran (de ahí mi atroz comparación con los muertos), sin importar el daño que causa, ni el espacio que ocupa, ni el esfuerzo que se podría hacer entre todos para menguar semejante barbaridad.
Hablo de la gente que se niega, por vagancia, por interés, por estúpidos razonamientos personales y sociales, a separar basuras en sus casas: plásticos, latas, papeles, vidrios y basura orgánica.
Hablo de la ingente cantidad de recipientes que se pueden volver a usar, pero que no existe ni mentalidad, ni medios de devolución, ni interés en que esto sea así por parte de todos: fabricantes, usuarios, gestores y mediadores.
La leve rabia que siento al tirar una caja de cartón, una robusta bolsa de plástico, un frasco con su tapa hermética, una lata de bordes cortantes, una botella de plástico de refresco, un vaso o un plato o un cubierto de un solo uso, y que inevitablemente pienso en que, ese objeto por sí solo no es nada, pero que unido a los miles que hacen lo mismo que yo, forman, entre todas las gotas, un océano de mierda.
Si el progreso se formulara en la cantidad de "residuos" que genera, nuestro avance sería el primero en toda la historia humana, y de largo.
Hasta la palabra "basura" (contundente, directa, inconfundible y difícil de rimar... quizás "cultura", una asociación muy interesante) ha sido sustituida por un sinónimo más neutro en el lenguaje oficial: residuos (u otros igual de suaves y correctos). Qué cosas. Nadie llama "residuo" a alguien, pero si le dice "basura", la intención es clara. Y existen sinónimos en esa línea: mierda o cagada, por ejemplo. Pienso, ahora mismo, en una breve duda semántica: si "mierda" y "residuo" no serán antónimos, por lo menos en cuanto al uso que se les da...
Pienso también en ese estúpido recurso psicológico que no sé cómo se llama, pero que consiste en hacer una limpieza general de la casa, o una mudanza, o algo así, para renovar la energía vital, y deshacerse de aquello que se percibe como lastre en esa intención. Cosas perfectamente útiles y funcionales, van al vertedero porque al dueño le traen malos recuerdos, o le molesta su mera visión, o no encaja en su "nueva vida" o "proyecto de futuro" o en el diseño de su futura casa.
Pienso asimismo en qué aspectos de nuestra vida no producimos basura. El consumo es la base de esta sociedad, dedicada a ganar dinero, y sin embargo, no se me ocurre ahora mismo un sólo consumo que no genere desechos. Que ojalá los haya, pero he pasado algún tiempo pensando en esto, y no hacía sino envenenarme de conclusiones pesimistas y destructivas.
Bueno, me echan de la biblio. Si tengo fuerzas, ya volveré a hablar sobre esto.
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